• paula andrea tavera gonzalez

Barrio La Soledad: el contagio de la alegría.

Actualizado: sep 14

Por: Paula Andrea Tavera


Estamos cerca al contagio de la alegría, el cual se transmite por la música y las sonrisas de las niñas y niños del barrio La Soledad en Quibdó. Para llegar a este gran corazón, se debe atravesar el río Atrato desde la plaza central de Quibdó en lancha y el recorrido es de unos 10 a 15 minutos. En el camino se observa la silueta de la ciudad, destacando las torres de la iglesia principal, poco a poco los minutos nos acercan a pequeñas casas de donde salen familias a saludar y curiosear por el sonido de los motores de las lanchas, mientras que a pocos metros, los niños chapucean a las orillas del río.



Para distinguir y saber que se ha llegado a La Soledad, se observa una draga de tonos vino tintos y anaranjados que son más del óxido y el olvido, está permanece habitada o más bien decorada con sábanas y unas cuantas cosas de quienes pasan horas, días y quien sabe si meses, tratando de arreglar la monumental herramienta. Pero la atención a tan gran objeto se pierde cuando pocos segundos después, salen disparadas niñas y niños a la espera de nuestra llegada. Al bajar de las lanchas hay que cuidarse de no tomar un paso en falso sobre la playa de piedras que cubre al barrio, y por ello los niños escoltan a los visitantes cogiéndolos de las manos y contándoles sobre sus familias, la draga, la escuela y sin dejarlo de lado, la increíble discoteca Afrika.




Es el primer lugar que se visita, el cual a tan solo unos pocos metros, los pies, el cabello y hasta las caderas ya estarás moviendo a los ritmos del reggaetón y la champeta. Los niños mueven sillas y mesas para dedicarse a bailar sin control en la pista, dando sus mejores movimientos con las sonrisas más genuinas. Este lugar es el corazón del barrio, pues los bafles gigantes que los acompañan vibran a todos sus habitantes, sin dejar algún rastro de soledad como su nombre lo indica, al contrario es maravilloso como todos, inclusive los más adultos, disfrutan al ver a las generaciones más jóvenes bailarse y gastarse la vida en la música y la danza.


Más adelante, la pequeña escuela cuenta con un terreno amplio como cancha de fútbol o espacio para las reuniones de todos los habitantes. Al caminar los estrechos senderos formados por tablas sobre lodo y gran vegetación alrededor, se encuentran las casas de madera construidas sobre palos altos que las protegen de las fuertes inundaciones generadas por el río Atrato; cabe aclarar que no cuentan con alcantarillado y la recolección de basura ha sido uno de los temas más fuertes a tratar dentro de la comunidad. La mayoría de las casas mantienen sus puertas abiertas como muestra de confianza entre ellos y los visitantes, pues uno que otro invita a jugar cartas, un jugo o tan solo una charla, como intercambio cultural.


En esas, tuve la oportunidad de visitar la casa de mi tocaya, una niña de 12 años que también se llamaba Paula Andrea. Me presentó a su mamá y conversamos sobre lo difícil que puede ser vivir allí, pues prácticamente dependen de la economía del mercado central de Quibdó. No obstante, me recalcó el valor que los niños le dan al barrio, pues aquello que lo hace vibrar es la diversión y la danza de todos en la discoteca Afrika y en las actividades que se realizan con ellos, para transmitirles consciencia ambiental y valores para su futuro.



Pasar el día con ellos es la carga de energía más espontánea y especial, pues desde el baile, la música, la fotografía y el juego se enlazan vínculos extraordinarios con cada uno de ellos, pues el cuerpo se nutre de amor.